(Artículo publicado en 'ABC Cultural',
número 1056,
de sabábado 28 de julio de 2012)
A principios del siglo XXI, la sociedad ha adquirido una nueva cara; es una sociedad hostil.
La sociedad hostil del siglo XXI desea derrotar al individuo; un individuo es una persona, con ojos, con oídos, con voz, con memoria, con inteligencia, con discriminación, con corazón, con sentimientos, con emociones, con dignidad, con ideales, con contradicciones, con secretos, con convicciones, con pasiones, con dudas, con conflictos. Esto es un individuo. El individuo no se puede sumar. Un individuo es todos los individuos.
La sociedad abstracta vale menos que un individuo. La sociedad no es nada y el individuo es todo. Vasili Grossman lo explica maravillosamente bien. Lo más importante que hay en el mundo, dice en ‘Vida y destino’, es el individuo. Para preservar esa individualidad, es carácter único, el individuo se une a otros y surge así la sociedad, cuya finalidad es la preservación de la libertad individual de cada uno de sus componentes.
EL MÁS DÉBIL
Sólo un individuo libre puede ayudar a otro, ser idealista, entregarse, ser generoso. Sólo un individuo puede sentir la presencia de otro individuo. Un individuo nunca tiene deudas con la sociedad, que no es más que una abstracción, sino con los otros individuos: con su familia, con sus padres, con sus amigos y también con todos los perfectos desconocidos que le rodean, especialmente con los perfectos desconocidos. Ayudar a los demás es la tarea suprema de un individuo. Esto quiere decir sentir amor por los demás. Quiere decir comprender que los otros están tan solos y se sienten tan desgraciados como uno mismo. Una sociedad donde merece la pena vivir es aquella en la que se atienden las necesidades de los más débiles. Una sociedad así ya no parece un ente abstracto, sino que se comporta con emociones y sentimientos igual que los individuos. Este es el tipo de sociedad que alcanzó su cénit en la Europa de fines del siglo XX con la social democracia.
La sociedad que se está creando a nuestro alrededor no es una sociedad en absoluto. Pretende destruir al individuo y pretende sustituir la noción de ayuda al más débil por la de explotación inmisericorde de los ciudadanos que ya no son seres humanos sino simples empleados de una empresa. Esta sociedad ya no es una sociedad de personas libres, sino una empresa. Pero nosotros somos personas, no empleados de una empresa.
ACCIONES VIOLENTAS
Se pretende la humillación sistémica del individuo, ahora simple empleado al que se sojuzga, sometiéndole a un perpetuo estado de miedo e inseguridad. Se pretende la destrucción de todo aquello que es individual, personal, creativo, característico, mediante irritantes y tediosos procesos de control, estandarización y homogenización que afecta a todas las actividades y facetas de la vida. Pero todo esto, la estandarización, el control, la humillación, la prohibición de disentir, el miedo instigado, son acciones violentas. Participan de una violencia no cruenta que tiene el mismo efecto que la guerra o el terrorismo. Estamos entrando en una dictadora mundial. Estamos sufriendo un golpe de estado.
Hay en ‘Vida y destino’ la gran novela de Grossman un “yuródivi’, un tonto santo que escribe un texto en el que afirma que la dignidad del ser humano será capaz de vencer los ataques más enconados y salvajes, y que ni siquiera el nazismo ni el stalinismo serán capaces de apagar la llama que arde dentro del alma humana. Casi todos los que leen este texto en la novela, fascistas, comunistas, desencantados, racionalistas, ateos, religiosos, consideran que su contenido es una basura. Ninguno está interesado en la libertad, “yoródivi”, ni tampoco en la llama que arde dentro del alma a humana.
Ese mismo “yuródimi”, de no haberse suicidado entonces, estaría hoy diciendo las mismas palabras. Diciendo que tampoco esta nueva dictadura podrá con nosotros.
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